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miércoles, 25 de febrero de 2026
P A S A J E S
001 ESPUMA BLANCA
002 OJOS COLOR MIEL
003 LOS NICOLLE
004 CUATRO LIBROS
005 LA EDUCACIÓN Y EL ARTE
006 CICLÓN
007 CAMPO ABIERTO
008 EL MÉDICO
009 CUCHI CORRAL
010 HECHIZOS
011 CALAS, DALIAS Y GLADIOLOS
012 AL ALBA
013 EL REENCUENTRO
014 HONDAS Y TROMPOS
015 ALGARROBOS Y CHAÑARES
016 MI ABUELA
017 GALLINAS
018 EL CEMENTERIO
019 EL VIAJE
020 MI PADRE
021 LA BOCA
022 LA VILLA
023 IPANEMA
024 LA LAGUNA DE IPACARÍ
025 GUAYABERAS
026 PIÑAS HELADAS
027 HAMACA PARAGUAYA
028 DEBIÓ SER MI MADRE
029 AGNÓSTICA
030 CAFÉ CONCERT
031 FARMACIA CÓNDOR
032 UNA ROTONDA
033 MI BARRIO
034 LOS VERANOS ERAN LARGOS
035 MI ESCUELA
036 PALOMITAS
037 LA ARBOLEDA
038 MAGISTERIO
039 1977
040 UNA TAZA MÁS
041 BELLAS ARTES
042 PROFESORA DE ARTE
043 LOS MURALISTAS MEXICANOS
044 CIERTA NOSTALGIA
045 PEDAGOGÍA
046 EN DOS VIAJES SUCESIVOS
047 ALGUNOS PROFESORES
048 DECIDÍ TERMINAR
049 MAESRTRO DE ESCULTURA
050 POR FIN
051 EN JULIO DE 1989
052 FRIGILIANA
053 COSTA BRAVA
054 DICIEMBRE DE 1974
055 CAMPING
056 JULIO DE 1972
057 PRIMERAS LUCES DE LA MAÑANA
058 LA HORA DE PARTIR
059 TIEMPOS NUEVOS
060 CALLE LIBERTAD
061 UN CIELO DE GAVIOTAS
062 VACIADOS
063 LLOVÍA A CÁNTAROS
064 TIEMPO DE CAMBIO
065 COLEGIADA EN BELLAS ARTES
066 LA LENGUA MATERNA
067 EL VERDE
068 PEUGEOT 504
069 PANNINI PICCOLO
070 MI SUEGRO
071 VIAJE CON EMILIA A NORUEGA
072 OSLO
073 BERGEN
074 MENORCA
075 CALA GALDANA
076 CUARENTA HOJAS
077 ALPUJARRAS
078 PAMPANEIRA
079 SEVILLA
080 EL COLOR DE LA BANDERA
081 CARNAVAL
082 NO SE RECUERDA LO QUE NO SE CONOCE
083 IRÉ A CUBA CONTIGO
084 SENTADOS EN EL PATIO
085 CABRITO ASADO
086 MIS TÍOS
087 UNA MOTO
088 RENAULT 4
089 RAMONA
090 MI AMIGA
091 AGUA CLARA
092 SAN MATEO
093 PLAZA COLÓN
094 VIOLETA
095 ENCUENTROS
096 UNA FOTO
097 MEDIALUNAS
098 UNA NIÑA PRECIOSA
099 CUESTA BLANCA
100 LA BODA EN GOTEMBURGO
domingo, 7 de junio de 2020
jueves, 4 de junio de 2020
CABRITO ASADO
Por fin llegaba el día. Tantos preparativos , las empanadas, las ollas con clericó. Que consistía en cortar todas las frutas de estación, piñas melocotones albaricoques, manzanas , bananas a las que mi madre agregaba siempre unas latas de melocotones en almíbar y otras de ananás con ese jugo tan dulce que maceraba bien las frutas y hacía de este postre un manjar veraniego. Los adultos solían agregarle unos chorros de vino blanco seco y helado que le daba más carácter festivo al copón donde se servía. Se preparaban varias sandías dentro de un fuentón de hojalata, que una vez situados bajo los árboles se cargarán de botellas de refrescos, vinos, porrones, bidú cola,, y los bidones de agua que debían durar todo el día. Y hasta arriba del hielo que compraba mi padre no más llegar. El hielo lo dispensaba en barras que se cortaban con unos punzones . Los trozos dependían del uso que se quisiera dar a tan refrescante elemento. Generalmente era mi padre o algunos de mis tíos los encargados de usar el punzón. Y los grandes cuchillos para hacer las rodajas de sandía que comíamos después de la siesta, a las cuatro de la tarde pues tiene fama de no sentar bien si se come después de beber vino o si la comes caliente, así nos lo dijeron siempre mis padres y nosotros respetamos las reglas para hacer de ese día especial y que se siguiera repitiendo año tras año como lo hacíamos.
Mi madre ponía al horno varios pollos un cabrito asado también caía en el horno de la cocina de casa que funcionaba en horario continuado la víspera del evento. Las asaderas se cubrían con paños de cocina con los trozos ya cortados y a veces deshuesados para poder comerlos con las manos, importante cuando las mesas son largas y los comensales numerosos como lo era cada año y con tantos niños y jóvenes dando vueltas alrededor del merendero. Las ensaladas camperas con patatas, tomates, aceitunas, huevos duros que se cortaban antes de servir la ensalada al igual que las mayonesas que se servían in situ. Todo se recogía en canastas que había muchas en casa, y que las confeccionaba un vecino y conocido de mi padre que desde que llegó de polonia, fue mimbrero, oficio que le permitió vivir y hasta hacer dinero . Era muy dúctil y recuerdo los elogios que le dedicaba mi padre cuando preparaba las cosas para viajar al campo y hacía uso de los cajones para las herramientas que llevaba o los canastos con las mercancías que necesitaba para pasar un par de semanas alejado de la ciudad, todo de mimbre y hecho por sus manos.
Los bolsos de mano, cada uno se lo preparaba con sus cosas, a mi siempre me lo preparó mi madre que se encargaba de las toallas para cuando bajábamos al río sombreros, cremas solares y la caja con las cuberterías y platos que en aquélla época no eran descartables, tampoco los vasos que quiero recordar que ya había algo de plástico duro pero casi todo era de cristal o latón. Llevaba zapatillas de recambio porque alguno resbalaba en las piedras del río y caía sin miramiento en esas pozas llenas de algas y de musgos. El día previo debía estar todo preparado, apuntábamos en hojas de papel para ayudar a mis padres en el recordatorio de todo lo necesario. Ese día por teléfono mi padre acordaba con mis tíos y sus familias los horarios. Siempre se hablaba de las cinco de la mañana, porque sabíamos de lo que significaba salir casi en caravana y llegar temprano para encontrar los mejores sitios con las mejores sombras.
Mi madre ponía al horno varios pollos un cabrito asado también caía en el horno de la cocina de casa que funcionaba en horario continuado la víspera del evento. Las asaderas se cubrían con paños de cocina con los trozos ya cortados y a veces deshuesados para poder comerlos con las manos, importante cuando las mesas son largas y los comensales numerosos como lo era cada año y con tantos niños y jóvenes dando vueltas alrededor del merendero. Las ensaladas camperas con patatas, tomates, aceitunas, huevos duros que se cortaban antes de servir la ensalada al igual que las mayonesas que se servían in situ. Todo se recogía en canastas que había muchas en casa, y que las confeccionaba un vecino y conocido de mi padre que desde que llegó de polonia, fue mimbrero, oficio que le permitió vivir y hasta hacer dinero . Era muy dúctil y recuerdo los elogios que le dedicaba mi padre cuando preparaba las cosas para viajar al campo y hacía uso de los cajones para las herramientas que llevaba o los canastos con las mercancías que necesitaba para pasar un par de semanas alejado de la ciudad, todo de mimbre y hecho por sus manos.
Los bolsos de mano, cada uno se lo preparaba con sus cosas, a mi siempre me lo preparó mi madre que se encargaba de las toallas para cuando bajábamos al río sombreros, cremas solares y la caja con las cuberterías y platos que en aquélla época no eran descartables, tampoco los vasos que quiero recordar que ya había algo de plástico duro pero casi todo era de cristal o latón. Llevaba zapatillas de recambio porque alguno resbalaba en las piedras del río y caía sin miramiento en esas pozas llenas de algas y de musgos. El día previo debía estar todo preparado, apuntábamos en hojas de papel para ayudar a mis padres en el recordatorio de todo lo necesario. Ese día por teléfono mi padre acordaba con mis tíos y sus familias los horarios. Siempre se hablaba de las cinco de la mañana, porque sabíamos de lo que significaba salir casi en caravana y llegar temprano para encontrar los mejores sitios con las mejores sombras.
domingo, 26 de abril de 2020
BELLAS ARTES
Cursaba arte contemporáneo, una asignatura de cuarto curso en la carrera de bellas artes, mi profesora, Mercedes Morra, discípula de la profesora con la que cursé las anteriores historias. La arquitecta Marina Waisman, una profesora brillante que me enseñó a amar la historia del arte, sabía interrelacionar el arte con la historia social, la política y la economía de las distintas sociedades, escenarios de las manifestaciones artísticas. Su libro de cabecera y que pasó a ser mi libro de cabecera, era Historia social de la literatura y el arte, de Hauser. Este libro se publica en 1951, su autor, de origen húngaro, estudia en alemania e italia entre 1919 y 1924, se traslada a Viena pero por su condición de judío; huye a Inglaterra y vive en Londres hasta que un año antes de su muerte vuelve a hungría y muere en budapest en 1978. Sus tres tomos: El primero, prehistoria, antiguas culturas orientales, grecia y roma, edad media y renacimiento Segundo tomo, manierismo , barroco, rococó, clacisismo, romanticismo. El tercer tomo, naturalismo e impresionismo. Y bajo el siglo del cine. Un autor muy preocupado por la estética y la filosofía que encierra el arte y que hasta ahora, sigue cautivándonos. Fue una guía para ubicar cada movimiento artístico, literario, musical, en el tiempo y en las circunstancias en las que se desarrolla. Cuando comienzo con mi profesora, mercedes morra a cursar arte contemporáneo, es el momento de los posicionamientos políticos y el situacionismo de los artistas e intelectuales frente a los movimientos políticos que están revolucionando el panorama intelectual en este momento.

jueves, 23 de abril de 2020
miércoles, 22 de abril de 2020
CAFÉ CONCERT
En los años 60 y 70, se recupera en américa latina el ambiente bohemio de los café-concert parisinos, donde se hacía música, performance, danza, humor. Locales pequeños, decorados con una estética moderna donde se juntaban intelectuales y artistas. Es la época de los cines clubes, con proyecciones de las nuevas corrientes cinematográficas. El existencialismo, donde ambos sexos debían tener el mismo protagonismo y las mismas libertades y derechos. Era una época donde el cuestionamiento a las tradiciones institucionalizadas influía en la vida cotidiana, se hablaba de la alienación, de los cambios sociales, de la pareja, la sexualidad, la familia. Los café concert reproducían las imágenes tantas veces retratadas por pintores como eduard monet, edgar degás, loutrec. La belle epoque francesa. Los cafë concert italianos, alemanes o austríacos o los centroeuropeos que adquirieron renombre entre las dos guerras mundiales. En río de janeiro, en garota de ipanema donde vinicius de moraes compone la canción homónima. La fusa en punta del este, Uruguay. En buenos aires, la botica del ángel donde actuaron nacha guevara; susana rinaldi, les luthiers entre muchos otros. Y en córdoba; bestiario, el ángel azul o elodía. En esta última sala, elodía, mi amiga y yo, que éramos amigas de los dueños, un grupo de arquitectos, servíamos copas los fines de semana y participábamos de todos los selectos espectáculos en directo. Aquí escuchamos a nacha guevara, vinicius, toquiño y otros artistas que venían a buenos aires y completaban su gira en córdoba.
martes, 21 de abril de 2020
HAMACA PATAGUAYA
Nos levantamos en el departamento de nuestros amigos, pequeño y muy colorista, me llamó la atención que tenían en mitad del salón una hamaca paraguaya hecha con cordeles coloridos, rojos amarillos turquesas y verdes, tirarse allí a escucha música y tomarse una caipiriña creo que sería en ese momento para nosotros el sueño máximo, una estética salvaje en medio de una de las ciudades más pobladas del mundo. Los discos que escuchaban, y los libros que leían, se acercaban mucho a nuestras formas de ir descubriendo la cultura. Estábamos tan a gusto en este mini universo que aprovechamos para lavar nuestra ropas y nuestras zapatillas con arcillas rojas pegadas en sus suelas. Bajó Mario a comprar provisiones para hacer una comida para recibir a nuestros amigos que llegaban esa mañana. Mientras estábamos cocinando un arroz con carne, que olía riquísimo llegaron nuestro amigos. Habían visitado Brasilia, imposible para nosotros desplazarnos hasta allí por las distancias y por supuesto por el poco dinero del que disponíamos. Sólo nos quedaba compartir con ello algunas sesiones de bossa porque marchábamos ya de regreso al día siguiente. Este viaje nos marcó, sobre todo a Mario y a mi que siempre hemos querido volver a Brasil, país de gentes generosas y de bellezas naturales y raciales. Coincidimos con Mario que los tipos humanos más bellos tanto en hombres como en mujeres, están aquí, el mestizaje con nativos y con afros, han dado como resultado estas gentes llenas de personalidad. Nuestros amigos nos habían traído de su viaje un regalo que me lo dieron a mi y que conservé siempre a pesar de mis múltiples cambios de residencia por el mundo.
lunes, 20 de abril de 2020
LA LAGUNA DE IPACARAÍ
ENTRAMOS en paraguay, tierras rojas, arcillas magníficas para todo tipo de cultivos tropicales. Recuerdo este pequeño país con un colorido penetrante. El componente indígena con sus trajes regionales y el idioma guaraní nos trasportó a los chamamé y a las canciones donde el arpa es el instrumento musical que aúna y recrea el folclore paraguayo. La fauna, el plumaje lujoso de sus alados, pájaros de picos coloridos. Seguíamos el itinerario con una alegría y una curiosidad que iba en aumento. Los lugareños nos acogían con gran simpatía, nuestro destino esa mañana era asunción, pero alteramos el rumbo porque un camionero nos sugirió conocer la laguna de Ipacaraí y es más nos dejó en la mismísima márgenes de la laguna. Allí nos relajamos y por primera vez en nuestro viaje nos pusimos nuestros bañadores, nos tiramos al agua y nos dormimos al sol. El cansancio y la excitación que nos había provocado tan sorprendente viaje nos hizo bajar la guardia y cuando nos despertamos el sol había hecho estragos con nuestras pieles.. Coloradas y asadas vuelta y vuelta, nos incorporamos sofocados y una invasión de mosquitos nos obligó a tirar de nuestros pantalones y chaquetas vaqueras que no habíamos sacado de las mochilas hasta ese momento por el calor. No hace falta explicar mucho sobre el sofocón que teníamos, abrigados hasta las orejas, con 50º a la sombra con nubes de mosquitos revoloteando sobre nuestras cabezas, más la sensación térmica que produce el haber quemado tu piel como un salmón noruego. Frente a este panorama, nos fuimos al hostal a curar nuestra heridas y ampollas con pancután que compramos en la farmacia y a relajar nuestras mentes después de tanta agresión natural. Estos son los imponderables de los que yo hablo en los viajes. A pesar de todo, nuestra carta de viaje no decayó y seguía en nuestras manos. Planificamos a pesar de nuestro estado físico calamitoso retomar el viaje hacia Asunción. Esta anécdota me hizo ser más cauta al enfrentarte a las reservas naturales .
IPANEMA
Terminábamos las clases y
el proyecto de tomarnos un respiro era terapéutico. En esa época el trabajo
artesanal me proporcionaba un salario, mi amiga y yo logramos un mercado
selecto de compradores, nuestros diseños estaban catalogados como muy buenos y
todo lo que producíamos se vendía bien. El viaje lo planificamos con Mario
pero llegó un amigo al que había dejado su novia y estaba con el ánimo por los
suelos. Y así sin más lo incorporamos al tan mentado viaje. Nuestro
objetivo era llegar a la ciudad de San Pablo en Brasil donde nos
esperaban dos amigos brasileros que conocimos en nuestra ciudad como
estudiantes becarios y muy buenos músicos de bossa nova. El recorrido lo
realizamos casi en su totalidad en autoestop, creo que fueron los últimos años
en que pudimos movernos con libertad , libertades que se fueron cercenando poco
a poco con los años en ese recorrido descubrimos la generosidad de las gentes,
camioneros que nos llevaron en algunos tramos, invitándonos a almuerzos en
bares de carretera entre otros conductores siempre dispuestos a contar o
recibir anécdotas. Voy a narrar un episodio que he recordado siempre. Estábamos
adentrándonos en la selva subtropical de la Mesopotamia Argentina y paró una
camioneta grande carrozada, de ruedas altas, acostumbradas a desplazarse en
caminos de barro era una pareja de naturalistas franceses con sus dos
hijos de cinco y seis años.nos dijeron que nos llevaban donde íbamos pero antes
tenían que internarse en la zona más selvática a recoger algunas pieles de serpientes
que les recolectaban los lugareños. Accedimos,y fue una
de las rutas más emocionantes que recuerdo. Un camino de tierra roja, arcillosa
flanqueado por árboles altísimos, con vegetación abundante entrelazadas por
lianas. Los papagayos de colores suspendidos en las hojas carnosas de aquellas plantas
tropicales, los tucanes, los pájaros más exquisitos, las mariposas gigantes.
Tan fuerte fue este primer encuentro con el trópico que siempre quise mostrarla
a mis hijos y luego a mi nieto esta maravilla sueño que hice realidad volviendo
en varias oportunidades acompañada por ellos a encontrar nuevamente estas aves
del paraíso.
Etiquetas:
023 IPANEMA,
años 60,
autoestop,
Playa de Ipanema,
Viaje
EL VIAJE
SE ACERCABAN LAS navidades del año 1968, habíamos planificado un asado en casa de mi compañera de estudios, antes de que cada uno viajara a sus provincias a pasar las fiestas. Con mario estábamos en fase de conocernos, enamorándonos poco a poco.no nos veíamos desde hacía una semana por los trabajos y estudios que cada uno tenía entre manos. Preparamos una parrillada de verduras y una de costillas de ternera que olía a sabrosuras, en esa época los asados estaban vinculados a reunión de amigos y guitarreadas. Los amigos empezaron a llegar, el grupo era reducido, dos guitarristas además de los habituales que éramos seis o siete. Pasaron las horas, comimos, guitarreamos hablamos y se hizo la madrugada y la hora de que cada uno se retirara. Yo me quedaba esa noche a dormir en casa de mi amiga. Mario no apareció. Decidí que este plantón, no volviera a repetirse por lo que no respondí a sus llamadas para excusarse.
Pasaron las fiestas y volvimos a reunirnos porque había un viaje a Buenos Aires que habíamos planificado realizar Mario mi compañera de estudios y yo. Yo tenía cierta reticencia después de aquel plantón, todavía injustificado. No obstante mi amiga se encargó de sacar los pasajes y nos juntamos en la estación de autobuses que nos condujo a la capital. Era enero y hacía mucho calor. Nos sentamos juntos y por supuesto Mario narró el porqué de estar ausente aquélla noche que era muy importante para afianzar nuestro reciente romance. Se había acostado a dormir la siesta y se despertó al día siguiente a las 12 de la mañana. Veinte horas sin despertar, parece mentira, pero con los años y en plena juventud comprobé que Mario podía dormir tantas horas y más, cosa que a mi me ha costado entender pasados los años.
Viajar a Buenos Aires nos imponía bastante. Para los jóvenes del interior esta gran capital fue siempre un reto y una quimera a transitar para descubrir realmente el corazón palpitante de argentina. Teníamos un programa más o menos armado aunque la experiencia enseña en los viajes, que los imponderables son las anécdotas que quedan. Llegados a la capital y en la estación de autobuses sacamos la dirección de un portero que alquilaba una buhardilla en un edificio en el corazón de la ciudad. Fuimos directamente, nos mostró aquél habitáculo en el quinto piso sin ascensor. El tejado, de maderas a la vista era muy bajo y se erguía sobre nuestras cabezas sólo a metro y medio de altura aproximadamente, con lo que teníamos que entrar casi agachados. Un gran caño de agua, cruzaba toda la habitación haciéndola aún más baja. Una enorme cama de tres plazas que nos obligaría a compartir colchón, una ventana que por suerte ventilaba aquello de maravilla aunque no sabíamos si el calor y la humedad de enero lo permitiría.
No había más opciones por el módico precio que establecía este señor, acostumbrado a cobrar todos los días por adelantado. Accedimos, nos dio una toalla, que debíamos compartir, las sábanas y nos mostró el minúsculo baño, por fuera y que también estaba atravesado por el mismo caño de agua que el cuarto. Puestos de acuerdo cerramos el trato, dejamos nuestro dinero, nos dio la llave de entrada al edificio y la gran llave de hierro que abría nuestra bohardilla y sin más dejamos nuestros bolsos y bajamos las escaleras para enfrentarnos a la noche porteña. Caminamos embriagados al sabernos pisando los adoquines de esta ciudad donde ya por esta época gozaba de una efervescencia cultural, política y social enorme. Con Mario volvimos a abrazarnos y sentir la excitación propia de tres jóvenes descubriendo el mundo. Sus calles sus cafeterías abiertas y con mucha gente en sus mesas, el ajetreo de una ciudad muy poblada y catalogada como una de las capitales más importantes del mundo, por sus vanguardias artísticas y literarias. Decidimos volver al alojamiento temprano porque al día siguiente visitaríamos la Boca y cruzaríamos el riachuelo para recorrer la isla Maciel, una de las grandes villas miseria del casco urbano bonaerense
Pasaron las fiestas y volvimos a reunirnos porque había un viaje a Buenos Aires que habíamos planificado realizar Mario mi compañera de estudios y yo. Yo tenía cierta reticencia después de aquel plantón, todavía injustificado. No obstante mi amiga se encargó de sacar los pasajes y nos juntamos en la estación de autobuses que nos condujo a la capital. Era enero y hacía mucho calor. Nos sentamos juntos y por supuesto Mario narró el porqué de estar ausente aquélla noche que era muy importante para afianzar nuestro reciente romance. Se había acostado a dormir la siesta y se despertó al día siguiente a las 12 de la mañana. Veinte horas sin despertar, parece mentira, pero con los años y en plena juventud comprobé que Mario podía dormir tantas horas y más, cosa que a mi me ha costado entender pasados los años.
Viajar a Buenos Aires nos imponía bastante. Para los jóvenes del interior esta gran capital fue siempre un reto y una quimera a transitar para descubrir realmente el corazón palpitante de argentina. Teníamos un programa más o menos armado aunque la experiencia enseña en los viajes, que los imponderables son las anécdotas que quedan. Llegados a la capital y en la estación de autobuses sacamos la dirección de un portero que alquilaba una buhardilla en un edificio en el corazón de la ciudad. Fuimos directamente, nos mostró aquél habitáculo en el quinto piso sin ascensor. El tejado, de maderas a la vista era muy bajo y se erguía sobre nuestras cabezas sólo a metro y medio de altura aproximadamente, con lo que teníamos que entrar casi agachados. Un gran caño de agua, cruzaba toda la habitación haciéndola aún más baja. Una enorme cama de tres plazas que nos obligaría a compartir colchón, una ventana que por suerte ventilaba aquello de maravilla aunque no sabíamos si el calor y la humedad de enero lo permitiría.
No había más opciones por el módico precio que establecía este señor, acostumbrado a cobrar todos los días por adelantado. Accedimos, nos dio una toalla, que debíamos compartir, las sábanas y nos mostró el minúsculo baño, por fuera y que también estaba atravesado por el mismo caño de agua que el cuarto. Puestos de acuerdo cerramos el trato, dejamos nuestro dinero, nos dio la llave de entrada al edificio y la gran llave de hierro que abría nuestra bohardilla y sin más dejamos nuestros bolsos y bajamos las escaleras para enfrentarnos a la noche porteña. Caminamos embriagados al sabernos pisando los adoquines de esta ciudad donde ya por esta época gozaba de una efervescencia cultural, política y social enorme. Con Mario volvimos a abrazarnos y sentir la excitación propia de tres jóvenes descubriendo el mundo. Sus calles sus cafeterías abiertas y con mucha gente en sus mesas, el ajetreo de una ciudad muy poblada y catalogada como una de las capitales más importantes del mundo, por sus vanguardias artísticas y literarias. Decidimos volver al alojamiento temprano porque al día siguiente visitaríamos la Boca y cruzaríamos el riachuelo para recorrer la isla Maciel, una de las grandes villas miseria del casco urbano bonaerense
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