Podría escribir un libro de mil páginas para hablar de ella. Fue mi suegra; también la sentí mi madre, después de quedarme huérfana de una madre hermosa y abnegada que me mostró la vida como si fuera "El jardín de las delicias", con música de Vivaldi en sus "Cuatro estaciones". Cuando la llevó la muerte después de una larga enfermedad, aún muy joven y con muchas ganas de vivir, cuando yo aún no había cumplido los veinte años y empezaba a sentir los albores de una juventud o adolescencia tardía, justo en esa frontera en que empiezas a buscar tus referentes por fuera del núcleo familiar, y el soporte más potente era mi madre, pelirroja y con una carcajada de felicidad en cada mañana de sábado cuando nos traía un mate a la cama para que le contáramos nuestras aventuras de viernes por la noche. Justo en ese momento, en el entierro de mi madre, conocí a Emilia, la madre de Mario. Mario era la persona en quien deposité mi amor y mi tristeza durante esa larga y penosa enfermedad de Raquel; "Mari", como la llamaban en el seno de su familia. Emilia vino a casa mientras velaban a mi madre, en el comedor de mi casa transformado en tanatorio para ese evento, un lugar que se transformó por varios días en el epicentro de los encuentros familiares, del vecindario y de amigos que quisieron traer sus coronas de flores y acompañarnos en esos momentos de dolor, consternación e incertidumbre, momentos en que lloras con cada abrazo y abrazas a los que han venido desde lejos a estar con nosotros, que nos quedábamos en la más absoluta orfandad. Emilia me abrazó y se presentó al mismo tiempo: "Soy la madre de Mario", dijo, "y esta es Nora, hermana de Mario", a quien yo ya había conocido con anterioridad en casa de unos amigos donde solíamos reunirnos. Desde ese día supe que podía contar con ella, y así fue; me acompañó desde entonces en gran parte de mis momentos felices y también en algunos otros espacios de tiempo que fueron conflictivos y que me produjeron tristeza y soledad. MARISA CAMINOS * PASAJES 101 * 2026