La naturaleza nos sigue y nos ayuda, repartiendo pautas y solidez, y el entusiasmo no decae cuando los pasos son firmes y las estrellas flotan en el estanque, como nidos tejidos en las ramas de esa fronda imaginaria y el sol atravesando junglas y manglares. Buen domingo. Y que los sueños son sedas, encajes, brocados, organzas y muselinas; bámbulas, esas telas de doble gasa de algodón hechas de dos capas de tejido unidas por puntadas invisibles: telas ligeras y frescas, transpirables, suaves con la piel para envolver, arrullar y arropar, para proteger del frío o del sol; telas vaporosas, tejidas con hilos finos y poco tupidos, que nos producen visiones de bailarinas envueltas en sus tutús, en un escenario de espejos que reproduce hasta el infinito un ballet girando sobre una sola pierna, con un pie en punta, como garzas en las aguas heladas de un fiordo noruego. Así recuerdo los días con mi nieto.

