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domingo, 10 de mayo de 2020

TIEMPO DE CAMBIO

Mis hijos llegaron a Madrid con Mario en diciembre de 1982 a pasar Navidades e iniciar el nuevo año 1983, festejar el encuentro con amigos y proyectar su nueva vida  en esta gran ciudad. El año lectivo estaba justo en el punto medio, razón por la cual los matriculé en el colegio escandinavo de madrid  en la moraleja, donde yo daba clases de arte, para que pudieran terminar su programación sueca y el cambio no fuera tan brusco. 

Organicé con una pareja de profesores del colegio, ella danesa, profesora de idiomas, y su compañero, profesor de español, que vivían cerca de la plaza de Olavide, para que llevaran y trajeran a mis hijos del colegio cada día, ya que yo no permanecía allí una vez que terminaban mis clases. Estos profesores, tenían también sus dos hijas en el colegio por lo que pensé que aquéllos desplazamientos podían ser agradables. Luego comprobé que esos viajes no eran muy felices para mis hijos. Así transcurrieron los días escolares en el segundo semestre de este año lectivo tan peculiar. 

En esa época yo trabajaba en Argüelles, en un semisótano de la calle santa cruz de marcenado, donde compartíamos los distintos talleres de arte, un taller literario, cursos de expresión corporal y los talleres de arte para niños y jóvenes que impartía yo. Aquí teníamos un número significativo de alumnos, la guía del ocio publicitaba nuestros cursos, y los espacios; a pesar de de no tener mucha luz, fueron muy bien acogidos por alumnos, padres y a los profesores nos entusiasmó tan buena acogida. 

Por aquí pasaron algunos de los amigos de mis hijos, como los hijos de los directores del colegio sueco, Nina y Erik, y algunos amigos con los que ya formaban una pequeña pandilla. Los sabados por la mañana, nos desplazábamos al taller temprano para disponer el mobiliario antes de que llegaran los alumnos, solíamos desayunar en la cafetería  situada justo al lado. De regreso a casa realizábamos las compras para fin de semana en nuestro querido y popular mercado de Chueca, eran tiempos tan diferentes, un barrio castizo, unos  bares tradicionales como el famoso Santander en la esquina de Pelayo y Augusto Figueroa. 

Comprábamos el hígado para nuestro gato en la casquería que tenía  una increíble variedad de víceras, orejas  y patitas de cerdo, ceso, corazón, y muchas más curiosidades que yo desconocía en mi gastronomía. Además de la casquería, la disposición y exhibición en los puestos, provocaban en mi y en mis hijos, una curiosidad inusitada. Me imaginaba cenas pantagruélicas sólo de entrañas, bodegones de cerdos o pequeños cochinillos mordiendo esas guindillas y dorados en los fogones de leña, decorados con rábanos gigantes, gajos frescos de apio o perejiles de un verde intenso. 

Me venía a mi mente mi compañera de universidad, mi querida Tatá que pintaba aquéllos bodegones exuberantes  y la imaginaba eligiendo sus trofeos y llenando sus cestas y canastos con todo tipo de texturas, formas y sensualidades hipnóticas. La imaginaba colocando entre los paños de razo  color malva o verde nilo una cabeza de cerdo que por el tamaño parecían cabezas de jabalí, con los ojos entreabiertos y aún sufrientes, acompañándolos con pimientos brillantes, tomates carnosos hojas de lechugas tan tiernas como los repollos, las coliflores blancas y los brócolis arracimados y recién cortados en un huerto lindando con el paraíso.










domingo, 3 de mayo de 2020

TIEMPOS NUEVOS

Los meses de julio y agosto de 1982, los pasamos Antonio, Paula y yo en compañía de Emilia en nuestra casa de Lund, Suecia. La abuela había venido por tres meses coincidiendo con las vacaciones de mis hijos, solíamos en veranos anteriores hacer pequeños viajes por la región. Los fiordos noruegos una vez, Gotemburgo y Estocolmo, en otro de los viajes. En esta ocasión Mario tenía trabajo en Estocolmo por lo que nos quedamos a vacacionar con la abuela en Lund y alrededores. Las playas cercanas de lomma, al sudoeste de Lund, la playa Bjarreds, al oeste de Lund, pasear por Malmo, ir a la piscina, la Kallbybadet o pasear por el botánico "botaniska tradgorden". 

En uno de esos días, recibí una carta de mis amigos suecos, directores del colegio escandinavo de madrid ofreciéndome las clases de arte en el colegio ya que la antigua profesora se mudaba de ciudad y dejaba sus clases. Me ofrecieron un contrato de trabajo, requisito indispensable para poder instalarme en madrid. Recuerdo que esa tarde, sentadas en el balcón de nuestra casa, y tomándonos una cerveza con mi suegra, excelente consejera, hablamos largo y con mucha sinceridad del tema. Con Mario no estábamos pasando por nuestro mejor momento y yo tuve que tomar una decisión que pudo verse como precipitada, pero que las dos pensamos que era lo mejor. Ella se quedaría al cuidado de Paula y Antonio. Mientras yo resolvía los temas en mMdrid. Hablé con mi amiga en madrid y podía quedarme en su casa, otro elemento de vital importancia. No tenía mucho dinero disponible por lo que decidí viajar en autobús y guardarme el resto del dinero, ya que me haría mucha falta. Al día siguiente, me fui a Malmo y saqué el pasaje. El día anterior tuvimos una conversación telefónica con Mario, donde no nos poníamos de acuerdo, pero la charla con mi suegra fue determinante para tomar la determinación de partir. 

El viaje aquél lo recuerdo con emoción, en el autobús viajábamos personas muy variadas, suecos, daneses, yugoslavos, algunos alemanes que bajaron en frankfurt, un francés, que estaba sentado a mi lado entre otros. Son más de 2500 kilómetros y más de 24 horas de viaje, que permiten conocer un poco a las personas que están sentadas a tu alrededor. Las idiosincrasias marcan estilos y formas al  manifestarte, tonos de voz, interés por entablar conversación con tus compañeros de viaje, necesidad de silencio, parquedad o simpatía. Nunca he sido partidaria de los tópicos pero me gusta observar a las personas y analizar sus formas de relación. Cuando llegamos a barcelona, tengo que decir que fue como reencontrarme conmigo misma. Me bajé del autobús y recibí muchos abrazos y nos intercambiamos números de teléfono y direcciones. Todos estábamos por una razón u otra contentos de pisar suelo español. Ese día cené con mis amigos de barcelona, me quedé un día con ellos y seguí mi viaje a madrid. Tenía una gran inquietud por resolver mis primeros días en Madrid. 

Cuando llegué me esperaba  en la estación de autobuses la pareja de mi amiga. Gran alegría al encontrarnos nuevamente. En el viaje en coche hasta la casa me informó que mi amiga estaba de vacaciones en Frigiliana y que le había pedido a él que me recogiera en la estación de autobuses y que me convenciera de viajar con él hasta la playa para encontrarnos. Dudé pero después de escuchar que con mucha lógica mi amigo expresaba que madrid en agosto es una  ciudad administrativamente muerta con lo que mis trámites podían esperar hasta septiembre. Ya lo decidimos allí que viajaríamos juntos al mar al día siguiente. Así fue como conocí Frigiliana aquél agosto de 1982. El encuentro con mi amiga fue entrañable y pasamos muy buenos días juntos. Charlamos muchísimo y paseamos esas noches perfumadas de jazmines y damas de noche, por las escalinatas de un pueblo para mí mágico en ese momento.


Esos días con mi amiga fueron relajantes

Terapéuticos. Repasamos momentos del pasado feliz, en Argentina, nos reímos y lloramos acordándonos de viejos compañeros de guitarreadas y paseos, me contó de sus años en Madrid, de sus trabajos como actriz y de sus proyectos. Cuando volvimos a Madrid yo estaba cargada de energía. Septiembre resurge en la gran ciudad, vuelven los viajeros a poblar sus calles , se abre la actividad cultural y administrativa,  La universidad y los colegios renuevan su pulso académico . Los bares, los encuentros, los cines, los espectáculos. Todo despierta. Con mis papeles convalidados y con mis matrículas hechas, empecé mi trabajo y al mismo tiempo retomé la condición de estudiante en la complutense de madrid. Todo trabajo que se presentaba, lo cogía, así fue como comencé con un taller compartido dando clases de arte, un lugar especial gea, gabinete de expresión artística, y cursos para la comunidad de madrid, el gesto, la palabra y la imagen, donde interrelacionábamos las clases con una profesora de teatro, una de literatura y yo de arte.  Buenos tiempos aquéllos, mucha creatividad, un partido socialista en su fase más creativa  y unas ganas de transformar  la educación, las relaciones humanas, y la política.