Desde Mayo de 1983 hasta setiembre de 1987 vivimos en la casa de la calle Hortaleza. Recuerdo este tiempo con mucha luz y con mucho trabajo compartido, escenografías para obras de teatro, concursos de carteles para las ferias de San Isidro, y para las verbenas de los pueblos, gran producción y venta de dibujos, cursos de arte para la comunidad de Madrid, para ferias como Juvenalia, trabajos puntuales de escultura o decorados para stands. En esa época con una amiga confeccionamos bolsos y complementos de lona, pintando sobre las telas. Hicimos verdaderos cuadros sobre los lienzos crudos de faldas, chalecos y vestidos.
Estos trabajos los simultaneaba con mis clases en el colegio escandinavo, con los cursos de GEA y cuando terminé mis asignaturas y el trabajo final en la facultad de Bellas Artes y me dieron el título, me colegié de inmediato en el colegio de licenciados de Bellas Artes que funcionó primero en la calle Modesto la Fuente o Cardenal Cisneros, no recuerdo bien y luego se trasladaron a un piso en la Gran Vía. En la misma plaza del Callao.
Apenas me colegiaron, los encargados del colegio de licenciados me propusieron dar clases en institutos y fue así como me contrataron para comenzar con mis clases de dibujo técnico en el liceo Sorolla que estaba situado en el barrio de Tetuán. Aquí trabajé dando clases a los alumnos de tercero y cuarto de bachillerato, en Cou, curso de orientación universitaria, pude trabajar con una franja de edad en los alumnos de entre 17 y 19 y aún mayores porque también cogí las horas del horario nocturno y pude compartir con jóvenes bastante más mayores, que por razones de trabajo no habían podido acceder al bachillerato antes y querían incorporarse a la Universidad, para lo que necesitaban las pruebas de selectividad. Así fue como comencé con esta asignatura hasta el día de mi jubilación.
Mis hijos dejaron el colegio escandinavo y pasaron por decisión de ellos al colegio Juan de Valdés en el barrio de San Blas. La determinación de Paula y Antonio para comenzar en este colegio fue porque algunos de sus amigos de la pandilla iban a este colegio. A pesar de la distancia con respecto a nuestra casa en el centro, yo accedí a averiguar todo y matricularlos aquí. A Mario y a mi nos parecía poco razonable tener que coger el metro cada mañana, con un transbordo incluído; y llegar a un barrio que en aquélla época tenía cierto estigma por el aumento en el consumo de drogas. Todo lo medimos, lo hablamos y ellos decidieron que lo más importante era la proximidad con sus amigos. Esto nos decidió a Mario y a mi a tomar la determinación de aceptar que en este momento y después de los cambios sucesivos de país, de colegios, lo emocional-afectivo era lo más importante. Así fue como nuestros hijos pasaron a viajar en aquéllos viejos vagones de madera de la línea 4 del metro que unía las estaciones del centro con las barriadas de Esperanza y San Blas.
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lunes, 11 de mayo de 2020
domingo, 10 de mayo de 2020
TIEMPO DE CAMBIO
Mis hijos llegaron a Madrid con Mario en diciembre de 1982 a pasar Navidades e iniciar el nuevo año 1983, festejar el encuentro con amigos y proyectar su nueva vida en esta gran ciudad. El año lectivo estaba justo en el punto medio, razón por la cual los matriculé en el colegio escandinavo de madrid en la moraleja, donde yo daba clases de arte, para que pudieran terminar su programación sueca y el cambio no fuera tan brusco.
Organicé con una pareja de profesores del colegio, ella danesa, profesora de idiomas, y su compañero, profesor de español, que vivían cerca de la plaza de Olavide, para que llevaran y trajeran a mis hijos del colegio cada día, ya que yo no permanecía allí una vez que terminaban mis clases. Estos profesores, tenían también sus dos hijas en el colegio por lo que pensé que aquéllos desplazamientos podían ser agradables. Luego comprobé que esos viajes no eran muy felices para mis hijos. Así transcurrieron los días escolares en el segundo semestre de este año lectivo tan peculiar.
En esa época yo trabajaba en Argüelles, en un semisótano de la calle santa cruz de marcenado, donde compartíamos los distintos talleres de arte, un taller literario, cursos de expresión corporal y los talleres de arte para niños y jóvenes que impartía yo. Aquí teníamos un número significativo de alumnos, la guía del ocio publicitaba nuestros cursos, y los espacios; a pesar de de no tener mucha luz, fueron muy bien acogidos por alumnos, padres y a los profesores nos entusiasmó tan buena acogida.
Por aquí pasaron algunos de los amigos de mis hijos, como los hijos de los directores del colegio sueco, Nina y Erik, y algunos amigos con los que ya formaban una pequeña pandilla. Los sabados por la mañana, nos desplazábamos al taller temprano para disponer el mobiliario antes de que llegaran los alumnos, solíamos desayunar en la cafetería situada justo al lado. De regreso a casa realizábamos las compras para fin de semana en nuestro querido y popular mercado de Chueca, eran tiempos tan diferentes, un barrio castizo, unos bares tradicionales como el famoso Santander en la esquina de Pelayo y Augusto Figueroa.
Comprábamos el hígado para nuestro gato en la casquería que tenía una increíble variedad de víceras, orejas y patitas de cerdo, ceso, corazón, y muchas más curiosidades que yo desconocía en mi gastronomía. Además de la casquería, la disposición y exhibición en los puestos, provocaban en mi y en mis hijos, una curiosidad inusitada. Me imaginaba cenas pantagruélicas sólo de entrañas, bodegones de cerdos o pequeños cochinillos mordiendo esas guindillas y dorados en los fogones de leña, decorados con rábanos gigantes, gajos frescos de apio o perejiles de un verde intenso.
Me venía a mi mente mi compañera de universidad, mi querida Tatá que pintaba aquéllos bodegones exuberantes y la imaginaba eligiendo sus trofeos y llenando sus cestas y canastos con todo tipo de texturas, formas y sensualidades hipnóticas. La imaginaba colocando entre los paños de razo color malva o verde nilo una cabeza de cerdo que por el tamaño parecían cabezas de jabalí, con los ojos entreabiertos y aún sufrientes, acompañándolos con pimientos brillantes, tomates carnosos hojas de lechugas tan tiernas como los repollos, las coliflores blancas y los brócolis arracimados y recién cortados en un huerto lindando con el paraíso.
Organicé con una pareja de profesores del colegio, ella danesa, profesora de idiomas, y su compañero, profesor de español, que vivían cerca de la plaza de Olavide, para que llevaran y trajeran a mis hijos del colegio cada día, ya que yo no permanecía allí una vez que terminaban mis clases. Estos profesores, tenían también sus dos hijas en el colegio por lo que pensé que aquéllos desplazamientos podían ser agradables. Luego comprobé que esos viajes no eran muy felices para mis hijos. Así transcurrieron los días escolares en el segundo semestre de este año lectivo tan peculiar.
En esa época yo trabajaba en Argüelles, en un semisótano de la calle santa cruz de marcenado, donde compartíamos los distintos talleres de arte, un taller literario, cursos de expresión corporal y los talleres de arte para niños y jóvenes que impartía yo. Aquí teníamos un número significativo de alumnos, la guía del ocio publicitaba nuestros cursos, y los espacios; a pesar de de no tener mucha luz, fueron muy bien acogidos por alumnos, padres y a los profesores nos entusiasmó tan buena acogida.
Por aquí pasaron algunos de los amigos de mis hijos, como los hijos de los directores del colegio sueco, Nina y Erik, y algunos amigos con los que ya formaban una pequeña pandilla. Los sabados por la mañana, nos desplazábamos al taller temprano para disponer el mobiliario antes de que llegaran los alumnos, solíamos desayunar en la cafetería situada justo al lado. De regreso a casa realizábamos las compras para fin de semana en nuestro querido y popular mercado de Chueca, eran tiempos tan diferentes, un barrio castizo, unos bares tradicionales como el famoso Santander en la esquina de Pelayo y Augusto Figueroa.
Comprábamos el hígado para nuestro gato en la casquería que tenía una increíble variedad de víceras, orejas y patitas de cerdo, ceso, corazón, y muchas más curiosidades que yo desconocía en mi gastronomía. Además de la casquería, la disposición y exhibición en los puestos, provocaban en mi y en mis hijos, una curiosidad inusitada. Me imaginaba cenas pantagruélicas sólo de entrañas, bodegones de cerdos o pequeños cochinillos mordiendo esas guindillas y dorados en los fogones de leña, decorados con rábanos gigantes, gajos frescos de apio o perejiles de un verde intenso.
Me venía a mi mente mi compañera de universidad, mi querida Tatá que pintaba aquéllos bodegones exuberantes y la imaginaba eligiendo sus trofeos y llenando sus cestas y canastos con todo tipo de texturas, formas y sensualidades hipnóticas. La imaginaba colocando entre los paños de razo color malva o verde nilo una cabeza de cerdo que por el tamaño parecían cabezas de jabalí, con los ojos entreabiertos y aún sufrientes, acompañándolos con pimientos brillantes, tomates carnosos hojas de lechugas tan tiernas como los repollos, las coliflores blancas y los brócolis arracimados y recién cortados en un huerto lindando con el paraíso.
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