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miércoles, 22 de abril de 2020

TÍA PAYA

sábado, 18 de abril de 2020

EL CEMENTERIO

NOS pusieron las mejores galas , los tres pequeños lucíamos almidonados y compuestos, zapatos de charol negro para mis primos y para mi los zapatos blancos con calcetines inmaculados. Gorras de color azul para ellos y sombrerito de lona blanca para mi. Mis tías, mi madre, mi abuela y elisa se engalanaron para la ocasión. Gentes de todos lados llegan al cementerio desde muy lejos a honrar a  sus muertos. Es un día de encuentros, de saludos y de ofrendas a las raíces y al origen familiar. En estos pueblos donde las tradiciones y las familias tienen un valor ancestral. Zoilo llegó primero trayendo el sulky que conduciría mi tía Paya, donde subieron mi madre mis tías y elisa. Luego fue en la búsqueda del segundo carromato, ambos tirados por un caballo y que se guardaban en los galpones de mi tío yofre, hermano de mi madre que vivía a un kilómetros de la casa de mi abuela. En éste viajaríamos mis primos, mi abuela y yo y el que manejaba las riendas del caballo del carromato  era Zoilo. Los dos sulquis partieron en fila india después de que zoilo colocara los ramos de flores armados con mimo por mis tías antes de partir. Aquella pequeña caravana sorteaba las hondonadas que la lluvia había producido en el camino que nos llevaba hasta el cementerio a tres kilómetros de la casa de mi abuela. El sol brillaba con fuerza y dejaba sentir el calor potente de este comienzo estival en esta zona norteña. En el percante del carruaje habían colocado unas canastas con frutas y bocadillos que comeríamos al llegar. El día sería largo y con muchos encuentros y lloros.


Gentes a caballo, en carros, alguna chata antigua y destartalada que llevaba familias detrás, todos ataviados pulcramente,sorteaban los pantanales del camino con destreza. Me sentía orgullosa de ir en estos carromatos tirados por caballos, con mi abuela y mis primos del alma. Formaba parte de una tribu con raíces algunas europeas pero que se habían ganado con su tesón y sus buenas acciones el respeto y el agradecimiento de los lugareños. Mi abuelo atendió sus cuerpos pero también sus almas en estas latitudes y mi tía paya, que fue su enfermera incondicional hasta su muerte, tomando el relevo después para atender partos o urgencias, poniendo inyecciones que aliviaran sus dolores y sus quejas. Conduciendo ella misma el sulki, como lo hacía hoy,y manteniendo viva la estafeta para que la correspondencia epistolar mitigara tantas nostalgias y lejanías en estas soledades.  Las niñas nicolle como las llamaban, un ramillete de señoritas guapas, de  trato exquisito sin ningún remilgo frente al criollo de la zona.  Esas eran mis tías, con mucha presencia, con conversación fluida y sabiendo estar en cada una de las circunstancias que les tocó vivir en este comienzo de siglo donde se forjaron sueños.

miércoles, 15 de abril de 2020

CALAS, DALIAS Y GLADIOLOS

Las casas familiares de mi infancia están vinculadas a la soledad animada del campo, a los sonidos del viento, a los nidos colgantes y bulliciosos de las loras, a los cactus erectos llenos de espinas y de flores blancas, grandes y elegantes. A los tunales cubiertos de frutos poblados de janas (espinas), a los kiskaluros, las alabas, las casas de barro de los horneros colocados con orden sobre los palos del telégrafo, a los soles rajantes de las siestas, habitadas por lagartijas entre las piedras, con el sonido ensordecedor de las chicharras. Al viento norte caliente y polvoroso llevándose en sus ráfagas los fardos de pajas bravas por los caminos cuarteados de tierras secas. Mi infancia es ese paisaje, de la mano de mi abuela Raquel y de mi tía Paya. Cuando se acercaba el día de los difuntos y el de todos los Santos, los primeros de noviembre,  mi madre preparaba su viaje a ver a sus hermanos y a mi abuela para acompañarlas al cementerio donde está la tumba de mi abuelo, muerto hacía ya algunos años. No llegué a conocerlo.  En Córdoba donde vivíamos los barrios eran de casas bajas con jardín en los fondos. En esos días previos al viaje hacíamos un recorrido con mi madre por el barrio, comprando flores para preparar nuestra gran caja florida en homenaje y para decorar la tumba de mi abuelo Gabriel, una costumbre muy extendida. Calas, dalias y gladiolos, flores que debían aguantar algunos días hasta llegar a destino. Mi madre, delicada y habilidosa, armaba las dos cajas con una maestría propia de la mejor floristería. Cajas alargadas para recoger las flores con sus tallos largos, las calas entreabiertas y los pimpollos de rosas irían entreabriéndose hasta llegar a destino. Completaba los arreglos flores con ramas de helechos pluma y helechos serrucho, que cultivaba en el patio de mi casa, a lo que se sumaban las hojas de color verde oscuro y muy lustrosas de las hojas de salón, que también crecían frondosas en  las macetas del zaguán de mi casa familiar. Después de colocarlas deliciosamente compuestas, humedecía hojas de periódico del día y envolvía sus tallos para que resistieran dentro de la caja hasta liberarlas en el cementerio. Luego cerraba bien las cajas y las envolvía con un papel celofán de color blanco o amarillo para dar por completada su ofrenda a su padre tan querido. Esas cajas estaban listas la noche anterior a nuestra partida. Nuestros bolsos de ropas preparados pues el autobús que nos llevaba pasaba muy temprano a dos calles de mi sasa y debíamos esperarlo allí. Mi corazón con cinco o seis años palpitaba aceleradamente, mientras guardaba con ilusión las horquillas con las que le haría las trenzas a mi abuela y los libros que me leería mi tía Paya en esas largas noches a la luz de la lumbre y bajo esos cielos de estrellas.