Nuestro itinerario marcado era sevilla , iniciamos nuestro viaje en frigiliana, bajamos a nerja y mis hermanas compraron en el balcón de europa sus tan preciados recuerdos. Con mario llenamos nuestras canastas con zumos y armamos una bolsa de bocadillos vegetales con queso de cabra y jamón del terreno, deliciosos, para comer en los viajes compartidos y amenizar las merendolas en algún buen merendero elegido. Cuando llegamos a antequera una señalización nos mostró la dirección de un parque nacional, atracción asegurada en medio de la naturaleza. El cartel decía " paisaje kárstico de interés geológico " , allí nos dirigimos y fue un descubrimiento muy grato, como todos los rincones que encuentras por los caminos y que a veces no están en tu ruta trazada de antemano. El torcal de Antequera, un territorio especial por las formaciones escultóricas en las piedras calizas. Verdaderos dólmenes de piedras superpuestas, un museo pétreo natural y sorprendente. No he vuelto a este sitio desde entonces pero lo recuerdo siempre en compañía de mis hermanas, de mis hijos y de mario., tengo fotografías maravillosas que inmortalizan estos momentos. Seguimos viaje hacia sevilla donde llegamos a la hora donde ya toca buscar alojamiento, la hora del crepúsculo. Encontramos con nuestro buen olfato y nuestra excelente predisposición un apartamento en el mismísimo barrio de santa cruz , entre los naranjales que decoran plazas y barrios y que cuando los azares despuntan, el perfume que exhalan te cautiva.
Un lugar hermoso, dos grandes habitaciones con ventanales a la plaza, un salón con cocina, dos baños y una señora , la dueña que vivía con su perro en el departamento contiguo que nos ofreció desayuno casero y servido a las 10 de la mañana, todo un lujo- Mientras desayunamos nos marcó en el mapa todo lo que debíamos visitar , haciendo hincapié en que nos cogiéramos un barquito para que durante una hora, nos paseara por el río guadalquivir, desde luego que lo hicimos. La caminata por Sevilla fue un lujo, días frescos y luminosos en un enero cálido y con muy poco turismo. La catedral, la torre del oro, el alcázar, y nos fuimos a comer nuestros suculentos bocadillos al parque maría luisa. Mis hermanas con paula y antonio, subieron a un carruaje con caballos y los paseó a los cuatro durante una hora por el parque y aledaños. Mario y yo aprovechamos para escribir nuestras postales de rigor para mandar a amigos y familia como lo hacíamos en todos los viajes. Mario recordó con mis hermanas, todos los relatos que su madre le contaba de pequeño, haciendo referencia a sus parientes andaluces de esta zona y que ella recordaba en un viaje que realizó de pequeña con su madre y sus hermanos y que duró muchos meses, que interrumpió la guerra civil española que los obligó a volver de inmediato a argentina.
Volvimos al departamento donde las dos noches que estuvimos pudimos charlar largas horas con la dueña de la casa que le contó a mis hermanas su vida y la de su familia en aquélla época oscura de la guerra y la posguerra. Mis hermana escucharon con mucho interés sus relatos, tengo que decir que esta señora era una excelente narradora, las atrapó de inmediato. Después de desayunar iniciamos el viaje a córdoba, comenzó a llover torrencialmente. Antonio, que viajó todo el camino con mis hermanas, no pudo practicar la conducción al volante que mis hermanas le enseñaban en los caminitos secundarios. La lluvia no cesó hasta llegar a córdoba donde alquilamos unas habitaciones en una pensión en el barrio de la judería, a pocas calles de la mezquita. Desplegamos nuestros paraguas y caminamos bajo la lluvia hasta el puente romano, donde decidimos volver porque el agua era tanta que no nos permitió avanzar. La mañana siguiente conocimos los baños árabes y la tan esperada mezquita, una joya que marcó el final de este hermoso viaje que recordaríamos siempre con mis hermanas, con mis hijos en unas edades hermosas para compartir con estas dos tías tan queridas y tan entusiastas, siempre dispuestas a improvisar y disfrutar
Cuando volvimos a madrid, nos esperaba una ciudad muy querida y muy vital.
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miércoles, 27 de mayo de 2020
martes, 26 de mayo de 2020
PAMPANEIRA
Nos alejamos de las serranías
de Granada y nos apetecía a todos mantener los sabores serranos por lo que
mario propuso bajar hasta salobreña sólo por conocer el pueblo y sus
alrededores y seguir viaje hasta nerja y subir a frigiliana para buscar un alojamiento
similar al que nos acogió en pampaneira. Ya conocíamos la sierra de
frigiliana y mis hermanas deseaban recorrer las zonas de cortijos y
cultivos que se diseminan por la sierra de la almijana. Y la alhama, dentro del
parque natural de las lomas de tejada. Sobre estos relieves
montañosos entre las provincias de granada y málaga , los cultivos
subtropicales han ido reemplazando poco a poco aquellos sembrados en
terrazas que los lugareños escalonaban poco a poco sobre los terrenos rocosos
y subían a lomo de mula el resultado de las cosechas en
las plantaciones de subsistencia. Así conocimos en los
comienzos de los 80, aquéllos huertos familiares. Época gloriosa de los
aventureros que como nosotros, nos adentrábamos para compartir vidas
sencillas y llenas de leyendas y que el turismo fue ganando.
Terrenos, huertos, casas
mínimas y ventiladas , pedazos de rocas y hasta pequeños cobertizos para
el heno de los burros, para convertirlos en la huerta subtropical de la
axarquía con los cultivos de mangos, chirimollas; , aguacates, nísperos,
guayabas y hasta caña de azúcar para los nuevos habitantes enamorados de los
mojitos con yerba buena o los litchis con guayaba o el copazo de
ron con zumos variados, y rodajas de limón. Alquilamos dos habitaciones en
una casa antigua y bien cuidada en frigiliana en la calle real. La señora
reprodujo con creces la atención personalizada y esmerada que nos brindó
en su momento la anfitriona de pampaneira. Aquí permanecimos varios días y
compartimos aperitivos soleados con los amigos argentinos que eran ya vecinos
de de este pueblo y que acostumbraban tomarse el vermouth o
el vino del terreno con una tapita de jamón serrano en uno de los bares del
zacatín o de la calle chorruelo, tomando el sol glorioso del mediodía en algún
rincón florido con vistas al valle y un poco más allá, el mar.
ALPUJARRAS
YA instalados en la nueva casa
de san mateo, empezaron a llegar amigos y familia. Emilia acababa de
regresar a argentina y mis hermanas berta y martha anunciaron que llegaban
a fetejar año nuevo con nosotros. Las recibimos en el aeropuerto de
barajas el día 28 de diciembre, el mismo día de los santos inocentes que
llegamos nosotros a madrid en el año 1976. Había transcurrido poco más de una
década y ya teníamos ganas de encuentros y festejos familiares. Desde que
llegaron mis hermanas , estuvimos preparando el fin de año y el comienzo
del 1988, queríamos que conocieran la fiesta del 1º de enero en la puerta del
sol de madrid, donde se comen las 12 uvas al ritmo de las doce campanadas que
marca el reloj de la torre del ayuntamiento , anunciando el comienzo del nuevo
año , se piden en secreto los doce deseos, uno por cada uva que te comes
y luego se descorchan los champanes, los cavas que llevas para regar tan
importante momento.Preparamos una cena deliciosa que compartiríamos con
amigos que llegaban de barcelona y amigos que vivían en madrid. Antonio y
paula compartirían también con sus amigos andrés y soledad que
llegaron con sus padres. En las mesas preparadas nos sentamos más de
quince personas, todas aportaban un plato, o un postre, y bebidas para los
brindis. Fue una cena divertida contando como siempre las historias
vividas durante los años transcurridos fuera de nuestra tierra.
Como teníamos ya costumbre, porque lo hicimos todos los años vividos en madrid, sin claudicar nunca y algunas veces con paraguas, a las 11,30 horas de la noche, cogimos las bolsitas individuales, preparadas con las 12 uvas, los champanes, abrigos, gorros , guantes , bufandas y emprendimos la caminata hasta la puerta del sol, atravesando la calle montera que se transforma ese día y a esa hora en un hervidero de gente, vestida de fiesta, para tan especial ocasión, con sombreros algunos , máscaras, sobre todo mucho mucho glamour.
Habíamos alquilado el coche en el que viajarían Berta, Martha y Antonio. En la ranchera verde cargada con todo lo necesario como siempre, Mario, Paula y yo. Ya festejada la gran noche del 31 de diciembre y con las canastas llenas de las comidas preparadas el día anterior para la gran cena, arrancamos nuestro viaje hacia granada, ese 1º de enero de 1988. Habíamos recorrido los primeros 200 kilómetros y paramos a descansar y comer alguna de las exquisiteces que traíamos en nuestros tuppers. El lugar era perfecto. Un bosque de pinos con una mesa de merendero que invitaba a sentarse. Berta paseó por los alrededores del bosque y volvió con dos sillas plegables que algún viajero olvidaría o tiraría en medio de la maleza. Estas sillas nos acompañaron a lo largo de todo nuestro viaje. Al llegar a granada encontramos un hotel pequeño y acogedor que nos albergó dos noches, las necesarias para poder recorrer la ciudad y visitar nuestra querida alahambra. Era invierno, muy soleado, tiempo perfecto para disfrutar de una andalucía luminosa y con poco turismo. Siempre recuerdo y no puedo dejar de expresar la fascinación que hasta hoy me produce recorrer los jardines que rodean estos palacios donde la esencia árabe se manifiesta en los aromas, en los sonidos del agua y en los encajes de las yeserías que dejan pasar la luz, tamizada y sensual entre los calados de sus muros.
Embelesados aún por el encuentro con la magia del al-alándaluz
Emprendimos la siguiente etapa del viaje. La idea de recorrer los pueblos de las serranías granadinas, las alpujarras nos conectaba a mis hermanas y a mi con la infancia, cuando visitábamos a mis abuelos en el campo o cuando viajábamos con mi padre al suncho, una pequeña estancia que tuvimos desde niños y donde pasábamos veranos inolvidables, entre las vacas, las cabras, , montando a caballo a campo abierto o disfrutando de la lumbre en la cocina con horno de leña. Hicimos el recorrido de granada por la sierra disfrutando de unas vistas camperas que nos llevaron al tiempo de nuestra niñez. Llegados a pampaneira, el día perdía lentamente su luz por lo que buscamos donde alojarnos. Una señora del pueblo nos alquiló dos grandes habitaciones contiguas en su casa. Unas habitaciones muy bien cuidadas con sábanas almidonadas y con puntillas realizadas con sus manos, los famosos encajes de bolillo que las mujeres del pueblo mantienen generación tras generación.
Dormimos de maravilla y nos despertamos escuchando las gallinas que cacareaban desde muy temprano. Cuando fuimos lentamente desfilando uno en uno hacia la cocina , la señora había desplegado ya, sobre un mantel blanco bordado con punto de cruz panes; bollitos, mermeladas caseras, mantequilla de leche de las vacas de la casa. Y un ramillete de lilas recién cortadas decoraban la mesa. Todo un detalle en este pueblo que parecía sacado de un cuento que narra una abuela a sus nietos.Tan a gusto estábamos aquí que decidimos quedarnos las noches que hicieron falta para recorrer los otros pueblos blancos.Seguimos esa mañana comprando alguna artesanía y pequeños recuerdos de un lugar donde nos trataban tan bien mis hermanas compraron jarapas y paula y antonio sus botijos para el agua. Este valle alpujarreño de 70 km de longitud a los pies de sierra nevada y enclavado entre las provincias de granada y almería. Con sus paredes encaladas, con chimeneas en las azoteas blancas al más genuino estilo berebere donde los rincones moriscos con higueras o glicinas nos obligaban a sentarnos y contemplar. Los paisajes. Recorrimos capileira y bubión admirando el paisaje a cada paso. Lanjarón donde bebimos de sus fuentes. Conocimos órgiva en el parque natural se sierra nevada. Los pueblos de pitres y trevelez con los originales azulejos hechos a mano, todavía hoy tengo un pequeño recuerdo , una tecela con el pico de un gallo. Nos llegamos a trevelez donde nos sorprendieron las filas de burros con sus alforjas cargadas de jarapas. Este pueblo según nos dijeron era el más alto de españa y donde compramos un jamón delicioso que matizó los bocadillos del viaje. Completando la ruta de los pueblos donde pasamos unos días imborrables decidimos bajar al mar para conocer salobreña y motril. Agradecimos mucho a la encantadora señora que nos alojó en su casa y nos enseñó sus manualidades y las delicias de mermeladas y bollería casera que ofreció en cada desayuno- recogimos los coches y dejamos las alpujarras.
Como teníamos ya costumbre, porque lo hicimos todos los años vividos en madrid, sin claudicar nunca y algunas veces con paraguas, a las 11,30 horas de la noche, cogimos las bolsitas individuales, preparadas con las 12 uvas, los champanes, abrigos, gorros , guantes , bufandas y emprendimos la caminata hasta la puerta del sol, atravesando la calle montera que se transforma ese día y a esa hora en un hervidero de gente, vestida de fiesta, para tan especial ocasión, con sombreros algunos , máscaras, sobre todo mucho mucho glamour.
Habíamos alquilado el coche en el que viajarían Berta, Martha y Antonio. En la ranchera verde cargada con todo lo necesario como siempre, Mario, Paula y yo. Ya festejada la gran noche del 31 de diciembre y con las canastas llenas de las comidas preparadas el día anterior para la gran cena, arrancamos nuestro viaje hacia granada, ese 1º de enero de 1988. Habíamos recorrido los primeros 200 kilómetros y paramos a descansar y comer alguna de las exquisiteces que traíamos en nuestros tuppers. El lugar era perfecto. Un bosque de pinos con una mesa de merendero que invitaba a sentarse. Berta paseó por los alrededores del bosque y volvió con dos sillas plegables que algún viajero olvidaría o tiraría en medio de la maleza. Estas sillas nos acompañaron a lo largo de todo nuestro viaje. Al llegar a granada encontramos un hotel pequeño y acogedor que nos albergó dos noches, las necesarias para poder recorrer la ciudad y visitar nuestra querida alahambra. Era invierno, muy soleado, tiempo perfecto para disfrutar de una andalucía luminosa y con poco turismo. Siempre recuerdo y no puedo dejar de expresar la fascinación que hasta hoy me produce recorrer los jardines que rodean estos palacios donde la esencia árabe se manifiesta en los aromas, en los sonidos del agua y en los encajes de las yeserías que dejan pasar la luz, tamizada y sensual entre los calados de sus muros.
Embelesados aún por el encuentro con la magia del al-alándaluz
Emprendimos la siguiente etapa del viaje. La idea de recorrer los pueblos de las serranías granadinas, las alpujarras nos conectaba a mis hermanas y a mi con la infancia, cuando visitábamos a mis abuelos en el campo o cuando viajábamos con mi padre al suncho, una pequeña estancia que tuvimos desde niños y donde pasábamos veranos inolvidables, entre las vacas, las cabras, , montando a caballo a campo abierto o disfrutando de la lumbre en la cocina con horno de leña. Hicimos el recorrido de granada por la sierra disfrutando de unas vistas camperas que nos llevaron al tiempo de nuestra niñez. Llegados a pampaneira, el día perdía lentamente su luz por lo que buscamos donde alojarnos. Una señora del pueblo nos alquiló dos grandes habitaciones contiguas en su casa. Unas habitaciones muy bien cuidadas con sábanas almidonadas y con puntillas realizadas con sus manos, los famosos encajes de bolillo que las mujeres del pueblo mantienen generación tras generación.
Dormimos de maravilla y nos despertamos escuchando las gallinas que cacareaban desde muy temprano. Cuando fuimos lentamente desfilando uno en uno hacia la cocina , la señora había desplegado ya, sobre un mantel blanco bordado con punto de cruz panes; bollitos, mermeladas caseras, mantequilla de leche de las vacas de la casa. Y un ramillete de lilas recién cortadas decoraban la mesa. Todo un detalle en este pueblo que parecía sacado de un cuento que narra una abuela a sus nietos.Tan a gusto estábamos aquí que decidimos quedarnos las noches que hicieron falta para recorrer los otros pueblos blancos.Seguimos esa mañana comprando alguna artesanía y pequeños recuerdos de un lugar donde nos trataban tan bien mis hermanas compraron jarapas y paula y antonio sus botijos para el agua. Este valle alpujarreño de 70 km de longitud a los pies de sierra nevada y enclavado entre las provincias de granada y almería. Con sus paredes encaladas, con chimeneas en las azoteas blancas al más genuino estilo berebere donde los rincones moriscos con higueras o glicinas nos obligaban a sentarnos y contemplar. Los paisajes. Recorrimos capileira y bubión admirando el paisaje a cada paso. Lanjarón donde bebimos de sus fuentes. Conocimos órgiva en el parque natural se sierra nevada. Los pueblos de pitres y trevelez con los originales azulejos hechos a mano, todavía hoy tengo un pequeño recuerdo , una tecela con el pico de un gallo. Nos llegamos a trevelez donde nos sorprendieron las filas de burros con sus alforjas cargadas de jarapas. Este pueblo según nos dijeron era el más alto de españa y donde compramos un jamón delicioso que matizó los bocadillos del viaje. Completando la ruta de los pueblos donde pasamos unos días imborrables decidimos bajar al mar para conocer salobreña y motril. Agradecimos mucho a la encantadora señora que nos alojó en su casa y nos enseñó sus manualidades y las delicias de mermeladas y bollería casera que ofreció en cada desayuno- recogimos los coches y dejamos las alpujarras.
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