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lunes, 27 de abril de 2026

Anet bajo la nieve * 2026

                Estábamos ya solos, Mario y yo, desayunados y duchados, listos para iniciar una etapa final que pertenecía a un deseo largamente esperado por mí: llegar hasta una población a 80 kilómetros de París, llamada Anet, lugar desde donde había partido mi abuelo Gabriel, padre de mi madre, y que murió en Argentina a los 65 años, en 1944, algunos años antes de que yo naciera. Ya sentados en el tren que nos llevaría a Mantes-la-Jolie, un municipio situado en los suburbios de París, ciudad industrial en la orilla izquierda del Sena, a 57 kilómetros al oeste de París, debíamos cambiar del tren a un autobús. Nevaba copiosamente. No obstante, habíamos sacado nuestros billetes y, bien arropados en nuestros asientos, escuchamos una voz que, por megafonía, explicaba a los viajeros que, por las intensas nevadas, debíamos buscar otro tren porque este no saldría por interrupción de sus vías a causa del temporal. Se comentaba entre los viajeros que se habían suspendido las clases en los colegios y que oficinas de la administración permanecían cerradas, además de muchos servicios públicos, y que la mayoría de los autobuses de la región habían dejado de funcionar. Todo, todo, de repente, se había vuelto caótico. Los que aún permanecíamos sentados en el tren no sabíamos muy bien qué hacer. 

            En el vagón quedábamos un buen grupo de indecisos, que nos mirábamos entre sí como pidiendo algunas respuestas salvadoras frente a la incertidumbre. En el asiento de al lado, sentada, una joven que, como nosotros, permanecía llena de cavilaciones entre la duda, la desconfianza y la reflexión. Con Mario teníamos reservada y pagada la habitación en casi el único hotel de Anet, donde terminaba nuestro viaje, y habíamos dejado la habitación en el hotel que nos había albergado en París y que retomaríamos a nuestro regreso a París desde Anet. Todo esto lo comentábamos con la joven sentada a nuestro lado, quien nos propuso acompañarnos hasta otro tren que se anunciaba por megafonía y que saldría en breve desde otra vía. Sus palabras nos animaron a recoger nuestra pequeña mochila y acompañarla hasta el final del andén, desde donde se pondría en marcha el próximo tren con destino a Mantes-la-Jolie. Esta joven amable y servicial nos acompañó, pues ella tenía también como destino esta misma población.

                Ya festejadas las cenas anuales en Trondheim, con familia y amigos, emprendimos nuestro viaje a París. Llegamos a la Gare du Nord, la principal de París y una de las mayores del mundo, con más de 200 millones de pasajeros anuales, una de las seis grandes estaciones que posee París y que está situada muy cerca del hotel que elegimos para hospedarnos y que funcionaría como epicentro de los desplazamientos que queríamos hacer en París, “nuestra ciudad de la luz”. El Museo de Orsay, la Catedral de Notre-Dame, el Palais Garnier, la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, los Campos Elíseos, el Museo del Louvre, la Place du Tertre, el Museo de Tokio, entre todos los otros planes que habíamos diseñado. Felices, habíamos cumplido gran parte de nuestros objetivos y, pasados los días, mi hija Paula y mi nieto Christian se preparaban para regresar a su casa en Noruega. El compartir con ellos estos intensos y fascinantes días recorriendo los más emblemáticos rincones de un París nevado, como no lo habíamos visto nunca, premió nuestra visita a la Torre Eiffel con estampas inusuales y de gran belleza, entre luces y la nieve que caía formando una alfombra de 20 cm, un mullido manto blanco. 

                También nos premió el sol, potente e iluminante, proporcionándonos momentos soberbios desde los distintos miradores que ofrece París y que te obligan a reconcentrar la mirada, el pensamiento y el corazón, logrando ese instante perfecto que habías diseñado en sueños antes de viajar. Tengo que decir que el paseo por el Sena, al salir del Museo del Louvre por la tarde-noche, nos enamoró a los cuatro, porque el paseo estuvo enmarcado por una luna llena gigante que daba luz a los barcos y barcazas que navegaban por este majestuoso río. Paseo que llegó hasta el Café de las Artes, donde nos premiamos con una rica y caliente sopa de pescado, un buen vino blanco y otros platillos que nos sirvieron los camareros con una exquisita amabilidad.

                Ya subidos y sentados en el tren que nos conduciría a Mantes-la-Jolie, entramos en conversación con la joven que nos acompañaba. Tengo que decir que era Mario, sobre todo, quien llevaba la interlocución, ya que su francés es más fluido que el mío. La joven nos contó que era una médica argelina, que había llegado con sus padres a Francia hacía ya muchos años, y creo que se sintió muy próxima a nosotros cuando le contamos que queríamos llegar a Anet porque mi abuelo materno había salido como emigrante desde esta ciudad y nunca había vuelto a su lugar de origen, muriendo en Argentina sin haber podido cumplir ese tan ansiado sueño, y que venía yo, su nieta, a tratar de compensar ese deseo de llevar unas flores a las tumbas de su familia, enterrada en el cementerio junto a la iglesia de esta villa, que alberga una obra maestra del Renacimiento francés: el castillo construido por Philibert de l’Orme por encargo de Diana de Poitiers, favorita del rey Enrique II, a orillas del Eure, en un valle conocido como el Valle Real del Eure, una hermosa villa de descanso.

                Mientras la conversación avanzaba, la nieve seguía cayendo. A través de los cristales del tren podíamos ver cómo se acumulaba junto a las vías e iba formando montículos que nos hacían presagiar que el autobús que debíamos coger en esta ciudad probablemente no circularía por el estado de las carreteras. Mi preocupación empezó a intranquilizarme. Cuando llegamos a la estación, nos apeamos en medio de montículos de nieve que se habían ido formando y, para cruzar al otro lado de las vías, subimos por unas escaleras y atravesamos un puente que nos situó, en medio del temporal, en un lugar que parecía un descampado un poco inhóspito, o a mí me lo pareció, ya sumida en un estado bastante inquietante. No obstante, nuestra compañera de viaje nos describió la ciudad como histórica y dotada de un patrimonio medieval donde, dijo, destacaba la colegiata de Notre-Dame y su papel histórico “real”, visitado por Enrique IV, todo ello enmarcado por hermosos paisajes. Yo escuchaba estas descripciones, pero mi cabeza me mostraba un lugar incómodo, poco acogedor, carente de condiciones aptas para seguir allí ni un minuto más; un entorno poco hospitalario, con un clima absolutamente desapacible. Me sentí desolada, en un lugar yermo, y lo único que buscaban mis ojos era un bar o algo donde guarecerme. Ya no escuchaba la conversación entre la joven y Mario, que seguían hablando como si el viento y el frío no golpearan sus caras. Escuché que la joven hablaba por teléfono y explicaba a Mario que, como no salían los autobuses hacia Anet, había pedido un taxi que vendría en breve y nos llevaría hasta allí.

            Yo estaba desconcertada y tenía mucho frío. El taxi no tardó en llegar y su chófer, un señor negro, muy alto y muy joven, nos ayudó con las mínimas mochilas que llevábamos, mientras la joven hablaba con él y le explicaba el destino. Yo subí al coche para evitar el viento; creo que ni me despedí de nuestra compañera de viaje, mientras Mario daba las gracias, y el coche arrancó dejando atrás el saludo de la joven y una huella muy profunda en aquella nieve espesa y resbaladiza. Mario le había dejado su teléfono y le había agradecido su acción. Al cabo de unos minutos, y como para darnos tranquilidad, pues creo que entendió mi turbación, explicó a Mario que el viaje a Anet estaba pagado por ella y que no debíamos abonar nada, porque ella ya lo había arreglado todo. Le deseó buen viaje y dijo que le alegraba habernos conocido. Yo no salía de mi asombro, mientras Mario le respondió que sería bienvenida si visitaba Málaga y que la invitaríamos a cenar en agradecimiento por aquel gesto de una nobleza increíble hacia personas a las que acababa de conocer. Quería escribir este episodio porque fue uno de los detalles más bonitos que he vivido con una persona desconocida, que nos trató como si fuéramos sus propios abuelos. Eran inmigrantes argelinos, con una hija médica residente en París, y ella conocía el territorio y el arte que encierran cada una de esas poblaciones. Hoy tengo que decirle gracias desde este texto, que me endulzó el corazón y el pensamiento y que me permitió llegar a la villa de Anet y al bonito hotel que nos acogió sobre las dos de la tarde, cuando había dejado de nevar y había salido el sol, con fuerza y con ganas de recibirnos con mucha luz.

        La nieve caía en abundancia mientras el taxi que nos conducía a Anet se deslizaba con bastante cautela. No nos cruzamos con ningún coche ni autobús, ni divisamos viandante alguno. Era un día muy peculiar, de esos que anuncian que la nevada aún puede continuar. Durante el trayecto, se me vino a la memoria un viaje que hicimos en coche desde París con nuestros hijos pequeños. Atravesábamos la campiña danesa con intención de llegar a Lund, en Suecia, donde vivíamos, cuando nos sorprendió una tormenta de nieve inesperada. Tuvimos que detener el coche y pasar la noche en él, hasta que una familia de campesinos daneses nos ayudó e invitó a dormir en su rancho: una casona inmensa, situada en medio de campos de cultivo. Como nosotros, otros viajeros tuvieron que ser alojados en granjas vecinas. Aquellas familias campesinas demostraron un alto grado de solidaridad, acostumbradas como estaban a esos climas extremos e imprevisibles de los inviernos nórdicos. Nunca olvidaré aquel episodio, que me mostró una de las facetas que siempre he reconocido como especiales dentro de los rasgos identitarios de las culturas del norte. De nuevo aparecía la solidaridad humana; esta vez, la de una joven argelina que demostraba que la humanidad no está vinculada a las idiosincrasias, sino al comportamiento genuino de individuos que sitúan la nobleza y la responsabilidad personal como principios fundamentales del hacer cotidiano.

        Mi cabeza me llevaba hacia momentos bellos y singulares de mi vida mientras el cielo se abría y nos mostraba ya un espacio entre las nubes, queriendo dejar paso al sol. Parecía imponer un alto a la tormenta e invitarnos a entrar en Anet, territorio de mi abuelo Gabriel, por una puerta de luz. Llegábamos a una hermosa villa de unos 2.800 habitantes, situada en el departamento de Eure-et-Loir, en la región Centro-Valle del Loira, a unos 75 u 80 kilómetros de París. Por las referencias que me habían dado mis hermanos, que ya habían estado allí en dos ocasiones, Anet contaba con un imponente castillo renacentista, además de una arquitectura original y muy homogénea, enmarcada por una zona rural cuidada y productiva, conocida como el Valle Real del Eure. Saludamos a nuestro conductor y le agradecimos aquel viaje, que nos dejaba en la misma puerta del Auberge de la Rose, en la rue Charles Lechevrel: un albergue, posada y hotel instalado en una hermosa casona restaurada con gran delicadeza. Llegamos a las dos de la tarde, con el sol ya en lo alto, invitándonos a cumplir un objetivo largamente esperado. Nos recibieron con mucha amabilidad y subimos al primer piso para descansar unos minutos en una habitación acogedora, dejar nuestras mochilas y salir a caminar.

        Por la información de mis hermanos, que ya habían tomado contacto con la familia de mi abuelo Gabriel, sabíamos de la existencia de dos sobrinos con los que tuvieron la suerte de encontrarse. Eran ya muy mayores y, desgraciadamente, han fallecido. Sólo me quedan las descripciones de Marcel y Madeleine, quienes, según los comentarios, guardaban un gran parecido con mi abuelo, tanto en lo físico como en ese trato dulce y exquisito. Marcel seguía viviendo en la casa familiar desde donde partió mi querido abuelo, mientras que Madeleine estaba en una residencia donde cuidaban de ella. Marcel tenía un hijo, René, que se desplazó para encontrarse con mis hermanos y que, en su momento, los invitó a conocer su casa, situada a 70 km de París, donde vivía con su familia. Hoy, su esposa ha fallecido; con ella tuvo dos hijos. Cuando llegamos, sabíamos que en Anet sólo podríamos visitar sus tumbas, ya que Marcel y Madeleine ya habían muerto. Además, por el poco tiempo del que disponíamos, no podríamos desplazarnos para encontrarnos con René. Hicimos la caminata desde el hostal hasta el cementerio acompañados por una señora a la que preguntamos para ubicarnos, y que accedió gentilmente a guiarnos hasta la iglesia-cementerio, enclavada a mitad de la villa. El sol brillaba e iba derritiendo muy lentamente la nieve. Atravesamos la villa, muy cuidada y de gran autenticidad arquitectónica. Cuando paseamos por el cementerio, entre las tumbas cubiertas por un manto copioso de nieve sobre sus lápidas, sentí una honda emoción al estar allí, junto a la familia de aquel abuelo tan querido en Argentina, donde pudo formar una familia con siete hijos.

domingo, 15 de marzo de 2026

Todo lo que hacemos tiene un valor increíble; el paso del tiempo recalifica la actividad constante, con la vista siempre puesta en el arte y en el principio pedagógico y terapéutico de mover el pensamiento hacia la creación y hacia la didáctica del lenguaje plástico.



La naturaleza nos sigue y nos ayuda, repartiendo pautas y solidez, y el entusiasmo no decae cuando los pasos son firmes y las estrellas flotan en el estanque, como nidos tejidos en las ramas de esa fronda imaginaria y el sol atravesando junglas y manglares. Buen domingo. Y que los sueños son sedas, encajes, brocados, organzas y muselinas; bámbulas, esas telas de doble gasa de algodón hechas de dos capas de tejido unidas por puntadas invisibles: telas ligeras y frescas, transpirables, suaves con la piel para envolver, arrullar y arropar, para proteger del frío o del sol; telas vaporosas, tejidas con hilos finos y poco tupidos, que nos producen visiones de bailarinas envueltas en sus tutús, en un escenario de espejos que reproduce hasta el infinito un ballet girando sobre una sola pierna, con un pie en punta, como garzas en las aguas heladas de un fiordo noruego. Así recuerdo los días con mi nieto. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Memorias del Tránsito * MARISA CAMINOS

100-pasajes-marisa-caminos-LA-BODA-EN-GOTEMBURGO
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