martes, 16 de diciembre de 2025

Dentro de unos días emprendemos, Mario y yo, un nuevo viaje.

 





 

Cada uno es una aventura; expresa “un deseo”. En los innumerables desplazamientos que hemos realizado desde que cruzamos la frontera más importante en nuestras vidas —que fue por absoluta necesidad—, buscamos encontrar nuevamente la libertad y el sentido profundo de la vida. Cruzamos un océano con nuestros dos hijos pequeños y fuimos arrojando a aquellas aguas turbulentas los malos pensamientos y los presagios de muerte que generaron las dictaduras en nuestro tan querido continente americano. Llegamos a Europa y aquí estamos: hoy instalados junto al Mediterráneo, con dos hijos adultos y buenos profesionales, y un nieto haciendo estudios superiores. Hemos vivido en distintos países y aprendido de cada uno de ellos sus costumbres, sus idiosincrasias, recogiendo en cada estancia sus mejores formas de entender la vida y las democracias. Los países recorridos, “todos”, los guardo en un rincón del corazón porque cada uno de ellos me dejó una huella, cincelada en mis recuerdos. Es la mejor escuela: conocer, aunque sea una parte, de este infinito mundo donde los territorios se juntan, pero cada uno de ellos encierra una frontera —idiomática, histórica, cultural— que marca su hacer, sus anhelos, sus fracasos, sus guerras. Y donde hay niños que crecen y que quieren vivir en paz, con escuelas y, sobre todo, con “futuro”. Recojo una frase que me escribió mi hijo Antonio desde Estados Unidos. Estaba cursando el COU allí: un año sin verlo y escribiéndonos. La frase, sobre una foto suya, decía: