En una de las cenas en casa vino el martinicano. Hasta ese momento mis hijos nunca habían cenado con una persona de raza negra. Aunque parezca una obviedad a Mario y a mi que si hemos tenido en nuestra juventud amigos de otras razas. Nos parecía importante naturalizar una situación tan sencilla como esta con nuestros hijos. Nuestro amigo llegó solo, con su simpatía habitual se sentó a la mesa. En frente, Antonio que tenía para aquel entonces tres años y a su lado Paula, con seis años. La cena estaba riquísima y la conversación era en francés, la lengua de nuestro amigo y Mario y yo podíamos seguirla naturalmente. Paula mostró una naturalidad común a ella en el encuentro con todas las nuevas relaciones familiares. Antonio sólo rompió su mutismo cuando pudo entablar una conversación directa a partir de una pregunta muy gráfica que le formuló y que contaré en otro texto. Después de este encuentro, y pasados los días, nuestro amigo retribuyó la invitación con una cena en su casa.
Vivía
solo, separado desde hacía un tiempo y cuidaba de su hijo cada quince
días. Nos sorprendió la colección maravillosa de discos que tenía. Sobre
todo música clásica y jazz, pero manejaba el folclore del mundo y las
músicas más singulares. La cena fue deliciosa, era un sibarita y por lo
tanto cocinaba con gran delicadeza. Fue una velada maravillosa, antes de
irnos, quiso regalarme algo que a mi me había transportado en la cena,
un disco del rumano Gheorghe Zamfir
que tocaba su flauta de pan como un auténtico andino con sus quenas.
Tengo que decir que aquella noche fue mágica, gastronómica y
musicalmente hablando. Nuestro amigo quedó grabado en mi inconsciente a
través de esa música y muchas veces caminando sobre la arena blanda
junto al mar se mezcla la flauta de zamfir con el sonido de las olas y
el rostro de este martinicano singular, afectuoso y cercano.
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