Esta pareja es fundamental en el arte mexicano del siglo XX. Frida, profundamente enraizada en las tradiciones de su país, transforma el dolor físico y emocional en una obra pictórica de inmensa fuerza simbólica, teñida por el colorido mestizaje, la historia y la lucha por la identidad. Diego, muralista revolucionario, canaliza su compromiso político y social en composiciones monumentales que narran los conflictos y esperanzas del pueblo. Ambos exploran sus identidades personales en una sociedad mexicana llena de contrastes, donde vida, muerte y revolución se expresan al mismo nivel. Su relación —turbulenta, apasionada y comprometida— es tan potente como su arte: una alianza estética y vital marcada por la intensidad del amor, la lucha y la historia.