Las obras maestras han moldeado nuestro museo interior, nutriéndonos con energía y ampliando nuestra mirada. Son portales abiertos al tiempo y al pensamiento, oxigenando nuestra percepción y vinculándonos con la naturaleza del arte. Leonardo da Vinci dejó un enigma en la historia con La Mona Lisa, donde la sonrisa es un umbral entre lo real y lo imaginado. Miguel Ángel cargó su pincel con la musicalidad del Renacimiento, desplegando en la Capilla Sixtina la tensión entre el juicio y la redención. Velázquez, en Las Meninas, se ocultó tras su propio reflejo, en un juego de miradas que devela el Barroco. Van Gogh convirtió la luz en espasmos de color con La Noche Estrellada, mientras que Munch, en El Grito, encapsuló el pavor existencial en un paisaje desgarrado. Picasso sintetizó el siglo XX en Guernica: guerra, opresión, dolor y memoria. Dalí, en La Persistencia de la Memoria, licuó el tiempo hasta convertirlo en un delirio surrealista. Pollock hizo del gesto pictórico la obra misma, dejando en Número 1, 1950 un testimonio del arte como acción pura. Warhol mostró el rostro del consumo con su Díptico de Marilyn, evidenciando una sociedad atrapada en su propia imagen. Cada una de estas piezas no solo son arte, sino memoria, huella y reflejo de la sensibilidad humana. En ellas persiste la historia, latiendo en cada trazo.